PRECARNAVAL DE SANTA CRUZ DE TENERIFE 2025
LECTURA DIRIGIDA A LOS MENORES DE 45 AÑOS, O LO QUE ES LO MISMO, A LOS NACIDOS A PARTIR DE 1980
Santa Cruz de Tenerife, 22/02/25
POR MANUEL HERRADOR
Ayer por la mañana, a primera hora, caminando por el
centro de la ciudad, —a menos de una semana para que se celebre la Gran Gala de elección de la Reina del
Carnaval 2025 de Santa Cruz de Tenerife— tuve un sentimiento curioso cuando
caí en la cuenta de que ya estábamos metidos de lleno en el Carnaval de este
año y, sin embargo, no percibía en las calles de la ciudad nada de nada al respecto. Y eso, a pesar de que a fecha de hoy ya han tenido lugar dos
fases del concurso de Murgas Infantiles y su correspondiente final, el Festival
Coreográfico, tres fases del concurso de Murgas Adultas más la pertinente
final, el concurso de Agrupaciones Musicales, la Gala de elección de la Reina
Infantil, la Gala de elección de la Reina y el Festival de Agrupaciones de los
Mayores, el concurso de la Canción de la Risa y, hasta el momento, el concurso
de Comparsas.
Volvamos a mis reflexiones tempraneras de ayer por la mañana. De pronto, me vinieron a la cabeza los carnavales vividos en Santa Cruz, en los años ochenta, tanto desde el punto de vista de un simple y común vecino de a pie, como desde el de periodista radiofónico, actividad profesional que venía desarrollando en aquellos momentos en Radio Nacional de España y, posteriormente, en Antena 3 de Radio.
Empecé a echar en falta numerosos aspectos y situaciones que, hoy día, ya no existen. Me di cuenta de que ni una sola tienda, ni un solo local comercial, ni uno de los bares y cafeterías que me iba encontrando en las diferentes céntricas calles por las que pasaba, insisto, ninguno de ellos, tenía colocado en sus puertas o escaparates el cartel anunciador del carnaval de este año. Ni un solo afiche con la programación de los distintos actos a celebrar. Ni un solo comercio con adornos ni alegorías carnavaleras engalanaban sus espacios para el público y clientes.
Actualmente, apenas se escucha en la radio o se ve en TV publicidad expresamente creada para el Carnaval, exceptuando alguna que otra marca aislada de cerveza y escasos y contados anunciantes. No veo patrocinios potentes como hace 40 años. Entonces, era ingente la cantidad de destacadas marcas de bebidas, alimentos, servicios y empresas de todo tipo que —durante estas fechas— creaban expresamente contenidos vinculados con el Carnaval chicharrero y copaban todos los soportes publicitarios existentes en la época. De hecho, numerosos anunciantes reservaban importantes partidas presupuestarias para su utilización en promoción publicitaria específica durante estas fechas.
La publicidad estática carnavalera también ha desaparecido, prácticamente. Desde el coche ya no veo las irónicas, atractivas y coloridas vallas que, antaño, marcaban las calles y las carreteras de la ciudad. He comprobado que uno de los periódicos locales, en su edición de hoy, no incluye ni una sola publicidad —¡ojo!, ni una sola— vinculada al carnaval. Esto era impensable en los ochenta, cuando las portadas de cualquier rotativo tinerfeño se engalanaban con motivos festivos y carnavaleros durante estas fechas.
En esa década, apenas transcurrían unos pocos días tras la festividad de los Reyes Magos para que la máquina carnavalera se pusiera inmediatamente en marcha, a tope, varias semanas seguidas. Era un especial prólogo indiscutible, año tras año, que servía de agitador y dinamizador progresivo de la Fiesta. Pero…, aún había más.
La prensa escrita, la radio y la televisión, servían de impulsores económicos de primer nivel. Recuerdo —porque formé parte directa de diferentes equipos y programas— que, por ejemplo, la emisión radiofónica nacional de la noche a través de las emisoras locales, era sustituida por espacios de producción local de varias horas de duración, todos los días de la semana, durante casi un mes antes de la Cabalgata Anunciadora.
Este impacto mediático proporcionaba un verdadero impulso económico a los medios de comunicación que lo activaban y, por ende, a quienes participaban directamente en su emisión: marcas comerciales y empresas anunciantes que potenciaban sus ventas, fichajes de personal extra tales como humoristas, imitadores, músicos, locutores, periodistas, técnicos de sonido, maquilladores, catering, personalización de las cabeceras de los programas con jingles y sintonías nuevas, concursos y un larguísimo etcétera de puestos de trabajo e iniciativas generadas, expresamente, a tal fin.
Las unidades móviles de radio y televisión recorrían cada noche los múltiples locales de ensayo de las diferentes agrupaciones participantes, acompañadas de los testimonios y de las hilarantes desafinaciones musicales y corales de las voces destempladas de una pléyade de concejales, alcaldes y candidatos políticos de todos los colores, que significaban así su interés y su compromiso por el Carnaval del Pueblo aunque, para ello, hubiera que hacer un poco el ridículo y acostarse a las tantas de la madrugada. ¡A diario!
Y, aunque la noche era la protagonista, la programación diurna también estaba repleta de testimonios y asuntos carnavaleros, a todas horas y bajo cualquier excusa, para llevar a la opinión pública los últimos cotilleos, rumores e informaciones directamente de sus protagonistas: directores de grupos, candidatas, diseñadores, letristas, personajes, miembros de los diferentes jurados…, ¡ay, cuánto daba de sí hacer quinielas de quién formaría uno u otro jurado!
Incluso, durante varios años, la venta de los derechos de imagen de la Gala de elección de la Reina a alguna de las cadenas de televisión que pujaba cuantiosas cantidades por hacerse con ellos, generaba verdaderas luchas económicas, dado el interés popular que despertaba el propio acontecimiento visto a través de la pequeña pantalla. En esta misma línea se producían infinidad de noticias alrededor de las subastas de los kioscos, puestos de venta diversa y feriantes que ansiaban optar a una de las localizaciones ofrecidas por el ayuntamiento capitalino.
Mi reflexión no pretende provocar la búsqueda de una causa o una justificación al respecto. Quiero exponer el contraste y las extremas diferencias entre una y otra época. Que el precarnaval indoor que se vive en el Recinto Ferial de Tenerife es más organizado, más moderno, más localista, más seguro, más controlado, más televisivo, más espectacular, más funcional, más dinámico, más cómodo, más confortable, menos molesto y, seguramente, más barato, es indiscutible.
Por el contario, seguro que la dilatada construcción del escenario en la Plaza de España incordiaba a muchos vecinos. Es cierto que la algarabía diaria llenaba de ruidos y atascos el centro de la ciudad. Es verdad que los comercios, los bares, las calles, en definitiva, la propia ciudadanía de Santa Cruz en su rutina diaria, se transformaba e imbuía de Carnaval.
Era el entremés que nos abría el apetito festivo a la espera de recibir el plato fuerte de la Semana Grande del Carnaval.
Y sí, ahora, el Carnaval de la gente se balancea glorioso, medido y perimetrado entre las cuatro paredes del Recinto Ferial y los nueve días consecutivos comprendidos entre la Cabalgata Anunciadora y la Gran Exhibición Pirotécnica del Domingo de Piñata.
Pero si tú eres menor de 45 años de edad, no vas a ver los carteles en las tiendas, ni los programas en los bares; ni vivirás la locura de una ciudad ilusionada patas arriba; ni verás bailar descompasadamente a algún concejal. ¡Te lo pierdes!
El precarnaval ha cambiado. Ni mejor, ni peor.
Volvamos a mis reflexiones tempraneras de ayer por la mañana. De pronto, me vinieron a la cabeza los carnavales vividos en Santa Cruz, en los años ochenta, tanto desde el punto de vista de un simple y común vecino de a pie, como desde el de periodista radiofónico, actividad profesional que venía desarrollando en aquellos momentos en Radio Nacional de España y, posteriormente, en Antena 3 de Radio.
Empecé a echar en falta numerosos aspectos y situaciones que, hoy día, ya no existen. Me di cuenta de que ni una sola tienda, ni un solo local comercial, ni uno de los bares y cafeterías que me iba encontrando en las diferentes céntricas calles por las que pasaba, insisto, ninguno de ellos, tenía colocado en sus puertas o escaparates el cartel anunciador del carnaval de este año. Ni un solo afiche con la programación de los distintos actos a celebrar. Ni un solo comercio con adornos ni alegorías carnavaleras engalanaban sus espacios para el público y clientes.
Actualmente, apenas se escucha en la radio o se ve en TV publicidad expresamente creada para el Carnaval, exceptuando alguna que otra marca aislada de cerveza y escasos y contados anunciantes. No veo patrocinios potentes como hace 40 años. Entonces, era ingente la cantidad de destacadas marcas de bebidas, alimentos, servicios y empresas de todo tipo que —durante estas fechas— creaban expresamente contenidos vinculados con el Carnaval chicharrero y copaban todos los soportes publicitarios existentes en la época. De hecho, numerosos anunciantes reservaban importantes partidas presupuestarias para su utilización en promoción publicitaria específica durante estas fechas.
La publicidad estática carnavalera también ha desaparecido, prácticamente. Desde el coche ya no veo las irónicas, atractivas y coloridas vallas que, antaño, marcaban las calles y las carreteras de la ciudad. He comprobado que uno de los periódicos locales, en su edición de hoy, no incluye ni una sola publicidad —¡ojo!, ni una sola— vinculada al carnaval. Esto era impensable en los ochenta, cuando las portadas de cualquier rotativo tinerfeño se engalanaban con motivos festivos y carnavaleros durante estas fechas.
En esa década, apenas transcurrían unos pocos días tras la festividad de los Reyes Magos para que la máquina carnavalera se pusiera inmediatamente en marcha, a tope, varias semanas seguidas. Era un especial prólogo indiscutible, año tras año, que servía de agitador y dinamizador progresivo de la Fiesta. Pero…, aún había más.
La prensa escrita, la radio y la televisión, servían de impulsores económicos de primer nivel. Recuerdo —porque formé parte directa de diferentes equipos y programas— que, por ejemplo, la emisión radiofónica nacional de la noche a través de las emisoras locales, era sustituida por espacios de producción local de varias horas de duración, todos los días de la semana, durante casi un mes antes de la Cabalgata Anunciadora.
Este impacto mediático proporcionaba un verdadero impulso económico a los medios de comunicación que lo activaban y, por ende, a quienes participaban directamente en su emisión: marcas comerciales y empresas anunciantes que potenciaban sus ventas, fichajes de personal extra tales como humoristas, imitadores, músicos, locutores, periodistas, técnicos de sonido, maquilladores, catering, personalización de las cabeceras de los programas con jingles y sintonías nuevas, concursos y un larguísimo etcétera de puestos de trabajo e iniciativas generadas, expresamente, a tal fin.
Las unidades móviles de radio y televisión recorrían cada noche los múltiples locales de ensayo de las diferentes agrupaciones participantes, acompañadas de los testimonios y de las hilarantes desafinaciones musicales y corales de las voces destempladas de una pléyade de concejales, alcaldes y candidatos políticos de todos los colores, que significaban así su interés y su compromiso por el Carnaval del Pueblo aunque, para ello, hubiera que hacer un poco el ridículo y acostarse a las tantas de la madrugada. ¡A diario!
Y, aunque la noche era la protagonista, la programación diurna también estaba repleta de testimonios y asuntos carnavaleros, a todas horas y bajo cualquier excusa, para llevar a la opinión pública los últimos cotilleos, rumores e informaciones directamente de sus protagonistas: directores de grupos, candidatas, diseñadores, letristas, personajes, miembros de los diferentes jurados…, ¡ay, cuánto daba de sí hacer quinielas de quién formaría uno u otro jurado!
Incluso, durante varios años, la venta de los derechos de imagen de la Gala de elección de la Reina a alguna de las cadenas de televisión que pujaba cuantiosas cantidades por hacerse con ellos, generaba verdaderas luchas económicas, dado el interés popular que despertaba el propio acontecimiento visto a través de la pequeña pantalla. En esta misma línea se producían infinidad de noticias alrededor de las subastas de los kioscos, puestos de venta diversa y feriantes que ansiaban optar a una de las localizaciones ofrecidas por el ayuntamiento capitalino.
Mi reflexión no pretende provocar la búsqueda de una causa o una justificación al respecto. Quiero exponer el contraste y las extremas diferencias entre una y otra época. Que el precarnaval indoor que se vive en el Recinto Ferial de Tenerife es más organizado, más moderno, más localista, más seguro, más controlado, más televisivo, más espectacular, más funcional, más dinámico, más cómodo, más confortable, menos molesto y, seguramente, más barato, es indiscutible.
Por el contario, seguro que la dilatada construcción del escenario en la Plaza de España incordiaba a muchos vecinos. Es cierto que la algarabía diaria llenaba de ruidos y atascos el centro de la ciudad. Es verdad que los comercios, los bares, las calles, en definitiva, la propia ciudadanía de Santa Cruz en su rutina diaria, se transformaba e imbuía de Carnaval.
Era el entremés que nos abría el apetito festivo a la espera de recibir el plato fuerte de la Semana Grande del Carnaval.
Y sí, ahora, el Carnaval de la gente se balancea glorioso, medido y perimetrado entre las cuatro paredes del Recinto Ferial y los nueve días consecutivos comprendidos entre la Cabalgata Anunciadora y la Gran Exhibición Pirotécnica del Domingo de Piñata.
Pero si tú eres menor de 45 años de edad, no vas a ver los carteles en las tiendas, ni los programas en los bares; ni vivirás la locura de una ciudad ilusionada patas arriba; ni verás bailar descompasadamente a algún concejal. ¡Te lo pierdes!
El precarnaval ha cambiado. Ni mejor, ni peor.
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